Cuando aún no sabía leer mi papá intentaba con el mítico Hispano Américano, el vetusto silabario, enseñarme a juntar las letras. Luego me leía cuentos que yo me aprendía de memoria y luego hacía como que leía, pero en realidad sólo repetía casi sin variar en nada, lo que mi papá me había leído. Si hay algo que debo agradecerle a mi padre es el gusto por la lectura. De pequeña recuerdo leerme los Papelucho de Marcela Paz con rápidez y buena comprensión lectora, esperando ansiosa abrir uno nuevo para entretenerme con las aventuras de ese divertido y flaco niño. Luego y hasta hoy, Harry Potter y sus siete libros conquistaron mi corazón y desde entonces me gusta leer textos que echen a volar mi imaginación, con los que mi mente cree mundos geniales y les de un rostro a los personajes ficticios. Aunque hoy no leo tanto, si un libro me conquista en sus primeras páginas soy capaz de trasnochar para terminarlo. Por otra parte leer en Chile es caro. El impuesto al li...
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