Lejos de ser lugares convertidos en un mall turístico: Una travesía y dos playas de Arauco que te dejarán sin aliento
Chile tiene una maravillosa costa bañada por el Océano Pacífico que lo recorre de norte a sur, por ello es que hay un sin fin de playas por conocer, pero paradójicamente la gente sólo llega a las que están a la orilla de carreteras bien pavimentadas, esas que en verano se transforman, como bien dice mi novio, en malls turísticos inundados de gente con sus toallas y quitasoles, de basura y de ruido.
Yo antes era parte de esa masa de gente, pero hoy que mi vida se ha vuelto un poco más aventurera gracias en gran parte al hombre que tengo al lado, me es fácil añorar las épocas de buen clima para llevarnos la carpa a algún lado y conocer recónditos lugares como de los que les hablaré a continuación.
El fin de semana recién pasado nos fuimos a la provincia de Arauco, esta vez no en bus como lo hicimos una vez anterior, sino que en furgón, lo que por supuesto nos permite llegar a playas más alejadas donde los caminos son de ripio por largos tramos. Si bien podrían llegar a las dos playas que nos maravillaron esta vez tomando un bus a Punta Lavapié, nuestro primer destino en esta oportunidad, lo cierto es que luego deberás caminar o hacer dedo, si es que no tienes un medio de transporte propio.
El viaje nos hacía mucha ilusión porque era la primera vez que, como siempre lo soñó mi pareja, intentaríamos acomodar un furgón no modificado en lo más mínimo, para hospedarnos dentro de él una noche.
¿Cómo lo hicimos? Simplemente pusimos de forma horizontal los respaldos de los dos asientos traseros del furgón y sobre ellos colocamos un colchón inflable para dos personas con una frazada y un saco de dormir (sólo teníamos uno para los dos). Además llevamos dos pisos para sentarnos fuera, la infaltable cocinilla, ollas y alimentos. Eso fue todo, y debo decir que esta primera experiencia en este improvisado furgón camper superó mis expectativas.
Iniciando el recorrido
La noche del sábado recién pasado llegamos a Chivilingo, una playa a orilla de carretera inundada por las luces de esta y muy cercana a un peaje, pero decidimos dormir ahí porque ya eran cerca de las diez de la noche cuando llegamos a este lugar, que aunque tiene el encanto de albergar a muchos pescadores provistos sólo de sus cañas probando suerte desde la orilla, también tiene un lado deprimente y es que a su alrededor hay varios cerros totalmente deforestados y que seguramente pronto albergarán sólo pinos o eucaliptos, esos árboles introducidos que terminan matando nuestro suelo.
El despertar, sin embargo, fue maravilloso en Chivilingo y es que el sol brillando en lo alto y el azul del cielo pronosticaban un día de buen clima para seguir recorriendo, luego de tomar un desayuno de café, pasteles y sandwiches de pollo asado y aderezos.
Siguiendo nuestra ruta cuyo primer destino era Punta Lavapié pasamos por playas, humedales y bosques con molinos de energía eólica. Sin duda un camino de más o menos una hora y 20 minutos que es muy bonito, aunque a mi los parque eólicos me causan una sensación extraña y me revuelven el estómago.
Punta Lavapié ofrece un panorama exquisito. Las casas sobre sus cerros verdes, los pescadores haciendo uso de sus pequeñas embarcaciones, mariscadores y recolectores de algas, además de formaciones rocosas que albergan vida allí donde el mar las inunda y golpea.
Una pequeña playa completa el paisaje y aunque sólo estuvimos un rato en ese lugar, que es la punta del golfo de Arauco, me da la sensación de que la vida allí es apacible.
Una pequeña playa completa el paisaje y aunque sólo estuvimos un rato en ese lugar, que es la punta del golfo de Arauco, me da la sensación de que la vida allí es apacible.
La gente parece vivir de los mariscos y pescados que sacan del mar frente a sus viviendas y del turismo, porque allí es posible encontrar al menos tres restaurantes que ofrecen preparaciones realizadas con lo anteriormente mencionado.
Además, este lugar tiene una vista de la Isla Santa María como nunca la vi porque está al frente de esta localidad y se puede apreciar en toda su magnitud.
Lo más bonito de este viaje
Saliendo por el camino principal desde Puenta Lavapié, de repente encontramos un letrero que indicaba que desviándonos nos encontraríamos con Playa Rumena. Siguiendo el bello camino nos deleitamos con una vegetación más nativa y casitas al lado del camino con verdes prados donde se veían vacas y caballos. Daban ganas de quedarse a vivir ahí.
Finalmente desembocamos en una playa con un único pero gran restaurant y ya desde el furgón pudimos apreciar lo hermoso de ese paisaje que por un lado nos mostraba formaciones rocosas donde las olas golpeaban fuerte, por otro una playa de blanca y suave arena y más allá un acantilado que parecía desembocar en otra playa con dunas.
En Punta Lavapié nos encontramos con un clima donde el sol y el calor se hicieron presentes, en Playa Rumena en cambio, el viento soplaba con fuerza.
Allí, recorrimos el lugar y caminé por la playa a pies descalzos, sintiendo la suavidad de la arena sin restos de conchas ni algas y el agua helada del mar hasta llegar hasta el inicio de los acantilados de esta localidad.
Debo admitir que caminar por los acantilados de Rumena me dio bastante vértigo ya que tenían una caída absolutamente vertical y el camino era angosto. A eso súmenle el viento que creí podía ser capaz de hacerme trastabillar.
Aún con el miedo de la situación, tomé la mano de quien más seguridad me da en el mundo y cruce el camino del acantilado hasta donde se cortaba, que lamentablemente no era la playa con dunas que veíamos a lo lejos.
Para llegar a la playa con dunas con mi novio llegamos a la conclusión de que al terminar el camino del acantilado había que subir un cerro en vertical, pero no estábamos cien por ciento seguros de si seguirlo nos llevaría hasta ese lugar.
Como anécdota puedo contarles que desde el final del camino del acantilado vimos a dos personas en la playa de las dunas, esa a la cual no supimos como llegar, y mágicamente cuando bajamos de ese camino para retornar, luego de hacernos algunas fotos, vimos pasar a nuestro lado a las personas que veíamos a lo lejos en esa playa que resultó ser una pareja de recolectores de algas o mariscadores porque llevaban sobre sus hombros sacos cargados.
Aunque nunca sabremos como ellos hacen para llegar a esa hermosa playa de las dunas, lo cierto es que lo que me impresionó es que esa gente que vive de lo que el mar les da no necesita ni zapatillas de trekking ni ropa con sistema antitranspirante para hacer su travesía. Ella iba con unas sandalias de esas que se denominan crocs y él con unos zapatos cerrados que no sé si eran formales o de seguridad y aún así lograban llegar donde nosotros no pudimos.
De vuelta desde el acantilado de Rumena, David, mi pareja decidió también caminar descalzo por la orilla de la playa y aunque lo intentó no pudo tocar el mar con sus pies ni siquiera un minuto debido a que le dolían de frío. Yo en tanto estaba feliz de sentir las olas heladas entre mis dedos.
Rumena nos dejó encantados, con ganas de volver para acampar en esta bella playa luego de la primera toma de contacto. A mitad de la tarde ya era hora de dejarla, para visitar un nuevo lugar cuyo nombre habíamos leído en un letrero en el camino principal: Los Piures.
Saliendo de playa Rumena hacía el camino principal y a muy poca distancia, nos encontramos un desvío hacía Los Piures donde obtuvimos hermosas vistas panorámicas. Sin embargo, luego de andar varios kilómetros por caminos de plantaciones forestales, desistimos de seguir por ahí, pues parecía que nunca llegaríamos a destino.
Abrimos Waze en el celular y buscamos Los Piures. Para nuestra sorpresa el navegador de la aplicación no nos mandaba hacía la localidad que queríamos encontrar por el camino que habíamos tomado, sino que nos mandaba hacía Llico y luego nos desviaba por otra ruta. Decidimos tomar ese camino porque si no encontrábamos Los Piures, al menos estaríamos ya en Llico y desde ahí podríamos emprender el regreso hacía Concepción.
Llegamos a Llico y en vez de regresar a Concepción nos desviamos hacía Los Piures ya que llegar allí, según la aplicación, era cosa de recorrer sólo unos 7 kilómetros.
Nos adentramos por un camino de ripio donde sólo veíamos árboles, aunque casi al llegar a nuestro destino se veía una que otra construcción y algunas vacas pastando.
Los Piures es una pequeña playa con formaciones rocosas y algunos botes de madera que parecen abandonados, pero que seguramente en días hábiles salen a alta mar.
Muchas algas estaban esparcidas por esta playa para dejarlas secar y donde estacionamos el furgón una alta duna se presentaba como un desafío para nosotros que apenas nos bajamos del vehículo intentamos escalarla.
Subir la duna no era tan fácil, quizás por nuestro mal estado físico, pero lo logramos con la técnica de mi novio que básicamente era zigzaguear en ese cerro de arena.
Ya arriba un alambre de púas nos cortaba el camino que seguramente era terreno privado, pero como no vimos a nadie decidimos pasarlo por debajo para encontrarnos con más dunas y un viento que me hizo llorar y que levantaba granos de arena que dolían cuando golpeaban en las partes desprotegidas por la ropa.
Al final de las dunas el paisaje te quitaba el aliento porque desde ahí se observaba una playa de igual o más belleza que las que vimos anteriormente, con un océano Pacífico que se presentaba turquesa ante nuestros ojos.
A lo lejos se divisaban más playas que a mi me dieron ganas de recorrer en otra oportunidad, pero como ya era tarde decidimos retornar hacía el furgón para comer algo.
Llegando al furgón vimos a una niña de no más de 10 años subiendo la duna que escalamos al principio como si nada y puedo jurar que por un minuto tuve depresión porque a mi me costó mucho poder subirla.
Comimos en el pasto del lugar unos sandwiches de pollo asado con Coca Cola y luego caminé por la playa hacía donde estaban los rocas, allí se alzaba una piedra que por la erosión de las olas se había transformado en una especie de barco al que se podía subir sin esfuerzo, pero de donde bajar no era tan fácil al menos para mi que aunque no lo crean le temo a las alturas, algo que no es impedimento para arriesgarme cuando tengo al lado a mi novio que sé vendrá en mi rescate.
Tras recorrer la playa decidimos emprender el regreso pero, y esta es la parte no tan bonita del viaje, el furgón no pasaba los cambios.
Cuando al fin mi novio logró que eso se arreglara nos encontramos con una subida en el camino de ripio que el furgón no era capaz de sobrellevar, aunque intentamos que pudiera con ella cuatro veces.
Antes del quinto intento decidimos bajarnos del furgón y con nuestros pies mejorar el camino apartando montones de piedras que hacían resbalar el vehículo.
No sé como, pero finalmente el furgoncito subió y nosotros ahora podemos contar que hasta reparamos un camino juntos, sumando una nueva anécdota a nuestra historia.
A raíz de lo anterior, si quieren llegar a Los Piures en vehículo intenten hacerlo en uno que soporte bien los caminos de ripio, siempre un poco problemáticos y desnivelados sobre todo cuando hay curvas y subidas.
A pesar de que luego tuvimos otra pana en Llico e incluso nos tuvieron que ayudar porque se nos descargó la batería, la travesía fue memorable hasta con eso y con las playas que quedaron dentro de mis top ten.
Vivimos momentos que quedarán para siempre en nuestra memoria e incluso alcanzamos la perfección tal y como lo dijo mi David en un momento en que estábamos en el furgón, con la puerta trasera abierta mirando al mar, comiendo hamburguesas y teniendo por cama el colchón inflable.
Me encanta cuando somos felices con tan poco, pero a al vez con lo único que necesitamos.
P.d: Quería ponerles un mapa de los caminos por los que accedí a los lugares, pero los de Google Maps quedaban como planos gigantes porque abarcaban mucha área y aún no me manejo demasiado en eso de editarlos.
Si tienen dudas y quieren llegar a estos lugares que les mencioné, no duden en preguntarme. Yo feliz de ayudarlos!
Lo más bonito de este viaje
Saliendo por el camino principal desde Puenta Lavapié, de repente encontramos un letrero que indicaba que desviándonos nos encontraríamos con Playa Rumena. Siguiendo el bello camino nos deleitamos con una vegetación más nativa y casitas al lado del camino con verdes prados donde se veían vacas y caballos. Daban ganas de quedarse a vivir ahí.
Finalmente desembocamos en una playa con un único pero gran restaurant y ya desde el furgón pudimos apreciar lo hermoso de ese paisaje que por un lado nos mostraba formaciones rocosas donde las olas golpeaban fuerte, por otro una playa de blanca y suave arena y más allá un acantilado que parecía desembocar en otra playa con dunas.
En Punta Lavapié nos encontramos con un clima donde el sol y el calor se hicieron presentes, en Playa Rumena en cambio, el viento soplaba con fuerza.
Allí, recorrimos el lugar y caminé por la playa a pies descalzos, sintiendo la suavidad de la arena sin restos de conchas ni algas y el agua helada del mar hasta llegar hasta el inicio de los acantilados de esta localidad.
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Aún con el miedo de la situación, tomé la mano de quien más seguridad me da en el mundo y cruce el camino del acantilado hasta donde se cortaba, que lamentablemente no era la playa con dunas que veíamos a lo lejos.
Para llegar a la playa con dunas con mi novio llegamos a la conclusión de que al terminar el camino del acantilado había que subir un cerro en vertical, pero no estábamos cien por ciento seguros de si seguirlo nos llevaría hasta ese lugar.
Como anécdota puedo contarles que desde el final del camino del acantilado vimos a dos personas en la playa de las dunas, esa a la cual no supimos como llegar, y mágicamente cuando bajamos de ese camino para retornar, luego de hacernos algunas fotos, vimos pasar a nuestro lado a las personas que veíamos a lo lejos en esa playa que resultó ser una pareja de recolectores de algas o mariscadores porque llevaban sobre sus hombros sacos cargados.
Aunque nunca sabremos como ellos hacen para llegar a esa hermosa playa de las dunas, lo cierto es que lo que me impresionó es que esa gente que vive de lo que el mar les da no necesita ni zapatillas de trekking ni ropa con sistema antitranspirante para hacer su travesía. Ella iba con unas sandalias de esas que se denominan crocs y él con unos zapatos cerrados que no sé si eran formales o de seguridad y aún así lograban llegar donde nosotros no pudimos.
De vuelta desde el acantilado de Rumena, David, mi pareja decidió también caminar descalzo por la orilla de la playa y aunque lo intentó no pudo tocar el mar con sus pies ni siquiera un minuto debido a que le dolían de frío. Yo en tanto estaba feliz de sentir las olas heladas entre mis dedos.
Rumena nos dejó encantados, con ganas de volver para acampar en esta bella playa luego de la primera toma de contacto. A mitad de la tarde ya era hora de dejarla, para visitar un nuevo lugar cuyo nombre habíamos leído en un letrero en el camino principal: Los Piures.
Saliendo de playa Rumena hacía el camino principal y a muy poca distancia, nos encontramos un desvío hacía Los Piures donde obtuvimos hermosas vistas panorámicas. Sin embargo, luego de andar varios kilómetros por caminos de plantaciones forestales, desistimos de seguir por ahí, pues parecía que nunca llegaríamos a destino.
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Vista de playa Rumena desde el primer camino por donde nos metimos hacía Los Piures |
Abrimos Waze en el celular y buscamos Los Piures. Para nuestra sorpresa el navegador de la aplicación no nos mandaba hacía la localidad que queríamos encontrar por el camino que habíamos tomado, sino que nos mandaba hacía Llico y luego nos desviaba por otra ruta. Decidimos tomar ese camino porque si no encontrábamos Los Piures, al menos estaríamos ya en Llico y desde ahí podríamos emprender el regreso hacía Concepción.
Llegamos a Llico y en vez de regresar a Concepción nos desviamos hacía Los Piures ya que llegar allí, según la aplicación, era cosa de recorrer sólo unos 7 kilómetros.
Nos adentramos por un camino de ripio donde sólo veíamos árboles, aunque casi al llegar a nuestro destino se veía una que otra construcción y algunas vacas pastando.
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Camino que finalmente tomamos desde Llico hacía Los Piures |
Los Piures es una pequeña playa con formaciones rocosas y algunos botes de madera que parecen abandonados, pero que seguramente en días hábiles salen a alta mar.
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Subir la duna no era tan fácil, quizás por nuestro mal estado físico, pero lo logramos con la técnica de mi novio que básicamente era zigzaguear en ese cerro de arena.
Ya arriba un alambre de púas nos cortaba el camino que seguramente era terreno privado, pero como no vimos a nadie decidimos pasarlo por debajo para encontrarnos con más dunas y un viento que me hizo llorar y que levantaba granos de arena que dolían cuando golpeaban en las partes desprotegidas por la ropa.
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Llorando por la arena que golpeaba en mis ojos |
Al final de las dunas el paisaje te quitaba el aliento porque desde ahí se observaba una playa de igual o más belleza que las que vimos anteriormente, con un océano Pacífico que se presentaba turquesa ante nuestros ojos.
A lo lejos se divisaban más playas que a mi me dieron ganas de recorrer en otra oportunidad, pero como ya era tarde decidimos retornar hacía el furgón para comer algo.
Llegando al furgón vimos a una niña de no más de 10 años subiendo la duna que escalamos al principio como si nada y puedo jurar que por un minuto tuve depresión porque a mi me costó mucho poder subirla.
Comimos en el pasto del lugar unos sandwiches de pollo asado con Coca Cola y luego caminé por la playa hacía donde estaban los rocas, allí se alzaba una piedra que por la erosión de las olas se había transformado en una especie de barco al que se podía subir sin esfuerzo, pero de donde bajar no era tan fácil al menos para mi que aunque no lo crean le temo a las alturas, algo que no es impedimento para arriesgarme cuando tengo al lado a mi novio que sé vendrá en mi rescate.
Tras recorrer la playa decidimos emprender el regreso pero, y esta es la parte no tan bonita del viaje, el furgón no pasaba los cambios.
Cuando al fin mi novio logró que eso se arreglara nos encontramos con una subida en el camino de ripio que el furgón no era capaz de sobrellevar, aunque intentamos que pudiera con ella cuatro veces.
Antes del quinto intento decidimos bajarnos del furgón y con nuestros pies mejorar el camino apartando montones de piedras que hacían resbalar el vehículo.
No sé como, pero finalmente el furgoncito subió y nosotros ahora podemos contar que hasta reparamos un camino juntos, sumando una nueva anécdota a nuestra historia.
A raíz de lo anterior, si quieren llegar a Los Piures en vehículo intenten hacerlo en uno que soporte bien los caminos de ripio, siempre un poco problemáticos y desnivelados sobre todo cuando hay curvas y subidas.
A pesar de que luego tuvimos otra pana en Llico e incluso nos tuvieron que ayudar porque se nos descargó la batería, la travesía fue memorable hasta con eso y con las playas que quedaron dentro de mis top ten.
Vivimos momentos que quedarán para siempre en nuestra memoria e incluso alcanzamos la perfección tal y como lo dijo mi David en un momento en que estábamos en el furgón, con la puerta trasera abierta mirando al mar, comiendo hamburguesas y teniendo por cama el colchón inflable.
Me encanta cuando somos felices con tan poco, pero a al vez con lo único que necesitamos.
P.d: Quería ponerles un mapa de los caminos por los que accedí a los lugares, pero los de Google Maps quedaban como planos gigantes porque abarcaban mucha área y aún no me manejo demasiado en eso de editarlos.
Si tienen dudas y quieren llegar a estos lugares que les mencioné, no duden en preguntarme. Yo feliz de ayudarlos!
Lindas fotos, gracias a ti me animo a ir al Piure (vivo en arauco). Les falto conocer Trana y Yani (esas si que son dunas)... ahi la hacen completa
ResponderEliminarEsos lugares quedan pendientes, pero después de la cuarentena hay que hacer todo lo que se pensó y no se hizo nunca. muchas gracias por tu comentario!
EliminarHola, estoy en lavapies viajo sola en una rav4 normal me tinca ir a las playas que mencionas las 2 , pero mi auto es normal no 4x4
ResponderEliminarDisculpa la tardanza en responder, creo que el blog tenía problemas con los comentarios, pero nosotros fuimos en un furgón viejito y sobrevivió bien, sólo que en Piure, de vuelta, nos costó subir así que tuvimos nosotros mismo que aplanar un poco el camino. Una anécdota difícil de olvidar.
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